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EL CLAN TEODORO-PALACIOS

SEGUNDA PARTE

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

TERCERA PARTE

viernes, 30 de noviembre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 34





















CAPÍTULO 34

EL CONGELADOR


C
uando Nicolás iba por el quinto ejercicio de naturales, escuchó el aullido estridente de un viento amenazador que se había desatado en la sierra. Natalia y Bibiana no habían vuelto todavía. ¿Qué estarían haciendo? El niño se removió en la silla, inquieto. Debía ir a casa de Estela y encontrar a las niñas.
          —Voy a ver qué están haciendo Elisa, Sandra, y Paddy —anunció Emilia—. Continua con tu trabajo, Nico. Tampoco sé dónde se han metido Nat y Bibi. ¡Qué manía con ir a recoger pelotas y raquetas!
La señora Emilia Sales se dirigió a la cocina. Allí no había nadie. Fue a la primera planta y entró en el dormitorio de Elisa. Halló a la joven acostada; tenía la menstruación y se encontraba indispuesta.
          —¿Dónde está Blas? —se interesó Elisa.
          —Ha tenido que ir al pueblo. Ha caído una pared y están quitando los escombros de la calle. Descansa, te avisaré cuando esté la comida.
Emilia salió al pasillo, oyó a Sandra y a Patricia que discutían en la planta de arriba.
          —¿Qué os pasa? —les gritó la mujer, hastiada— ¡Haced el favor de no armar tanto jaleo!
          —¡Es que Paddy pretende darme lecciones! —se quejó Sandra— ¿Qué va a saber ella que no sepa yo cien veces mejor?
Emilia Sales regresó al salón sin querer prestar más atención a esas dos tontainas. Fue a la cocina, pensando preparar unos macarrones para comer. Puso la radio en marcha para sentirse acompañada, buscó una emisora de noticias que le agradaba.
Mientras troceaba la cebolla oyó a un locutor anunciar que, en breve, era muy probable que saliera una nueva ley en Kavana. Una ley que modificaría la mayoría de edad ascendiéndola a los veintiún años. La señora Sales asintió estando a favor de la naciente ley.
Lo que la mujer no sospechaba era que Nicolás ya no se encontraba en el despacho, ni siquiera estaba en villa de Luna.
El muchacho aprovechó la ocasión de quedarse solo y salió por la puerta del garaje, dejándola un poco levantada para poder entrar a su vuelta.
El viento, frío y huracanado, soplaba a su favor y lo empujaba con violencia a casa de Estela. El cielo continuaba negro y los rayos y los truenos no cesaban.
          “Vaya mañanita más siniestra”, pensó el muchacho, observando la agitación de los árboles.
Entró en la terraza de su vecina, vio desierta la caseta de Hércules. Subió las escaleras que conducían a la cocina; el viento lo lanzaba contra la pared como queriendo aprisionarlo. El chiquillo consiguió llegar a la puerta, aporreó con los puños la hoja de madera maciza.
          —¡Estela! —gritó— ¡Soy Nico! ¡Ábreme! ¡Salvador deba irse ya! ¡Blas me va a obligar a contarle lo que pasó la otra tarde! ¡Estela, abre!
Segundos después la señora Estela Miranda abrió la puerta. Nicolás se impresionó al verla, la cara de la mujer estaba amoratada y presentaba restos de sangre.
             —¿Qué te ha ocurrido? —preguntó el niño, escandalizado.
      —¡Pasa! —apremió Estela, agarrando al chico por un brazo.   A continuación, cerró la puerta.
Los ojos de Nicolás se quedaron fijos, clavados, en el cuerpo inerte de Salvador Márquez que yacía en el suelo. Tenía la cabeza tapada con un saco de lona de color azul oscuro.
          —¡Gracias a Dios que has venido! —exclamó Estela — No sé cómo iba a solucionar esto sola. Gabriela está en el salón con Hércules, la pobre ha sufrido un shock. Nat y Bibi están en el garaje, vaciando el congelador. ¿Quieres reaccionar, Nico? ¡Ayúdame! Hay que meter el cuerpo en este saco. ¡Muévete!
El niño asintió, sin entender gran cosa. Se agachó y, en unos minutos que se hicieron eternos, el cadáver estaba completamente introducido en el saco de lona.
          —Haz un fuerte nudo con esta cuerda  —le indicó la mujer—. ¿Puedes cargarlo a tu espalda? Hay que bajarlo al garaje. ¿Podrás, Nico? ¿Tendrás suficiente fuerza, hijo? No sé si voy a poder ayudarte...
Nicolás siguió todas las instrucciones que le dio Estela sin pronunciar palabra. Sintió una poderosa aprensión cuando notó el cuerpo de Salvador Márquez pegado al suyo. Salieron de la cocina, la mujer iba delante. Antes de llegar al salón, a la izquierda, unas escaleras bajaban al garaje. Las recorrieron con rapidez. Entraron en el garaje, el congelador estaba al fondo. Natalia y Bibiana lo habían desocupado, y se sorprendieron al ver a Nicolás.
          —Mételo ahí dentro —indicó Estela al chiquillo.
Éste dejó caer a Salvador Márquez en el arcón. La señora Estela puso a máxima potencia el refrigerador. Seguidamente comenzó a colocar los productos congelados, que estaban esparcidos en el suelo, sobre el cuerpo del hombre. Los niños la ayudaron. Por último, bajaron la tapa del congelador.
Todos se miraron en silencio, escuchando la salvaje tormenta eléctrica.
          —¿Qué ha pasado? —logró preguntar Nicolás.
          —Salvador quería estrangular a Gabriela —empezó a relatar Estela, vibrándole la voz—. Quise ayudarla  pero me dio una patada en el estómago y sólo podía arrastrarme por el suelo. Gracias a Dios, llegaron Nat y Bibi. Nat había soltado a Hércules y él ha salvado a Gabriela de una muerte segura. Probablemente también me ha salvado a mí, y a las niñas, como te salvó a ti cuando el muy bruto te golpeaba con la cadena. Hércules ha matado a Salvador.
          —Debemos llamar a Tobías y explicárselo todo —propuso el muchacho.
          —¡NADA DE ESO! —gritó Estela de tal manera que Nicolás dio un respingo— ¿Qué es lo que tienes en la cabeza, Nico? Si alguien se entera de esto, sacrificarán a Hércules, lo matarán.
El niño no podía creer lo que la mujer decía.
          —Pero, eso no sería justo —manifestó, incrédulo—. Hércules nos ha salvado, nos ha ayudado.
          —Ya lo sé —afirmó Estela—, pero Hércules es un perro. Aunque haya matado a un maltratador, a un asesino… eso a nadie le va a importar. Hércules será condenado a muerte. Y no te olvides de que es un rottweiler, mucha gente considera que esa raza es peligrosa.
          —No consentiré que nadie mate a Hércules —aseguró Nicolás, muy alterado—. ¡Me escaparé con él!
          —Nadie se va a escapar —denegó la señora Estela—. Tenemos que deshacernos del cadáver, ya pensaré la manera.
El viento rugía huracanado, como si en su argot ventarrón estuviera proclamando lo que pretendían esconder.
          —¡Yo sé cómo! —exclamó Nicolás tras una breve reflexión— Cavaré una fosa en la montaña y lo enterraré allí.
Estela Miranda lo miró, pensativa.
          —No es mala idea, creo que has dado con la solución —admitió—. Gracias a Dios, tú eres un chico muy fuerte. ¡Sí, podrás hacerlo!
          —Debo irme —avisó Nicolás, apresurado—. Me he escapado de casa y si Blas vuelve y se entera, me mata. Emilia debe estar muy enfadada conmigo.
Estela, Blas me va a obligar a contarle lo que pasó la otra tarde con Salvador. Seguro que vendrá a tu casa a buscarlo. No sé si podré salir esta tarde, todavía no he terminado las tareas que me mandó y si Emilia le cuenta lo que he hecho…
          —Tranquilo —le interrumpió la mujer, intentando mostrar serenidad—. Yo me encargaré de Blas y seguro que te permite salir de casa esta tarde. Vosotras dos, marcharos con Nico —dijo a Natalia y a Bibiana.
Los tres niños salieron a la terraza por la puerta del garaje. Las muchachas se sujetaron, cada una, de un brazo de Nicolás. El viento soplaba ahora en contra de ellos y les dificultaba el regreso a villa de Luna. Después de una tenaz pelea con el aire y de un soberano esfuerzo, entraron en el garaje. El todoterreno del señor Teodoro no estaba. Nicolás respiró, muy aliviado, y cerró la puerta.
          —¿No creéis que esto nos viene un poco grande? —indagó Bibiana, muy preocupada.
          —Todo saldrá bien —le aseguró el niño—. Tengo que volver al despacho. Emilia debe estar furiosa conmigo. De esto, ni una palabra a nadie. Tenemos que salvar a Hércules.
De pronto, oyeron el motor de un coche que se acercaba.
¡Tenía que ser Blas!
EL trío se precipitó fuera del garaje y se colaron, de un modo atolondrado, en el salón y posteriormente en el despacho.
La señora Emilia Sales estaba sentada en la silla de su hijo y miró a Nicolás, enojada. El chiquillo se sentó, casi volando, y cogió el bolígrafo con mano temblorosa.
          —¡Eres un desobediente irresponsable! —exclamó la mujer, dolida— ¿Quieres imaginarte lo que hubiera pasado si en lugar de estar aquí yo, hubiera estado Blas? Me has hecho pasar un rato malísimo, estaba angustiada temiendo que Blas llegase a casa antes que tú.
          —Lo siento mucho —se disculpó el chaval—. No he hecho nada malo, he salido a buscar a las chicas. Tardaban mucho en volver…
          —El viento no nos permitía avanzar —intervino Bibiana—. Si no llega a venir Nico a buscarnos, no sé qué hubiera sido de nosotras.
          —Por favor, Emilia, no le digas a Blas que he salido —rogó Nicolás—. Si se entera, me va a matar.
La mujer miró al niño, arrugando los labios.
          —Tú tienes muchas más vidas que un gato —manifestó—. Según tú, Blas siempre te está matando. A mí me parece que estás pidiendo a gritos que te dé una buena azotaina y, si él te oye, te la va a dar con mucho gusto.
El muchacho intentó acabar, en vano, el quinto ejercicio de naturales. Estaba demasiado nervioso y no conseguía concentrarse.
          —Emilia, no te vayas del despacho —suplicó el chiquillo—. Blas quiere que le cuente lo que ocurrió el otro día con Salvador. Cuando se lo diga, me va a pegar. No te preocupes por lo que escuches, Blas no podrá matar a Salvador porque él ya no está en casa de Estela. ¡Pero no le digas que ya no está o me mata a mí!
La señora Emilia comenzó a inquietarse, conocía muy bien el carácter desproporcionado de su hijo cuando perdía los estribos.
En aquel momento la puerta del despacho se abrió violentamente. Un escalofrío recorrió la espalda de Nicolás. Su tutor ya estaba allí.
El señor Teodoro se sorprendió bastante cuando vio a su madre y a las niñas. 
El coche de Salvador Márquez todavía permanecía aparcado en el camino.
¡Había llegado a tiempo! Nicolás tenía que contarle la verdad de lo ocurrido y él ajustaría cuentas con el marido de Gabriela.

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miércoles, 28 de noviembre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 33


















CAPÍTULO 33

SE DESENCADENA LA TRAGEDIA


B
las miró, extrañado, al señor Francisco.
—¿Qué ha sucedido? —interrogó, impaciente y contrariado.
          —Ha caído una pared— informó el calvo y obeso hombre—. No me preguntes cómo ha sucedido, no lo sé. Hay escombros que bloquean una de las calles principales. Ignoro si hay heridos. Tenemos que ir a ayudarles, Blas. Tú sabes perfectamente que el pueblo entero subiría a prestarnos auxilio si lo necesitáramos.
El señor Teodoro se frotó la frente y el rostro con la mano, absolutamente desazonado. Miró, con desasosiego, el negro cielo y luego a Nicolás, acostado en la tumbona. No le gustaba nada la idea de ausentarse, pero tenía que hacerlo. Un raro presentimiento le perseguía desde que vio la espalda magullada de Nicolás. Intuía que algo malo iba a suceder y se sentía impotente para evitarlo.
          —Menos mal que Marina y los niños no están en casa   —comentó Francisco—. Mi mujer se hubiera puesto nerviosísima si se entera de esta desgracia. A primera hora ha venido una prima suya y se han ido de compras a Puerto Llano, no volverán hasta después de comer.
La señora Emilia salió a la terraza tras escuchar las malas noticias que había traído su vecino.
          —Mamá, debo bajar al pueblo —le dijo Blas—. Cuando Nico se despierte, que entre en casa. Si no se encuentra bien, dile que le aplazo el castigo para mañana. Pero, que no salga de casa. Tengo que hablar con él en cuanto vuelva. Intentaré no tardar. Si se pone pesado o te da la lata, me llamas al móvil. Subiré enseguida.
          —Vete tranquilo, cariño —contestó su madre, aunque no le hacía ninguna gracia que se fuera—. El niño no irá a ninguna parte. Lo vigilaré bien. 
El señor Teodoro y el señor Francisco se marcharon, presurosos. Nicolás estaba más que despierto y lo había oído todo. También escuchó el motor del todoterreno de su tutor. Se sintió aliviado, Blas se había marchado. La señora Emilia entró en la cocina, y el muchacho se levantó de la tumbona.
          —Voy a ir a casa de Estela —comunicó a Natalia y a Bibiana—. Tengo que decirle al payaso de Salvador que se largue. Blas me obligará a contárselo todo en cuanto vuelva.
          —Lo haremos nosotras —replicó su prima.   Nicolás no podía acercarse a aquella casa o el salvaje de Salvador podría dispararle.
          —¡Nada de eso! —exclamó el chiquillo, enfadado— Ese hombre es peligroso. ¡Iré yo!
Natalia y Bibiana intercambiaron una mirada asustada. El crío se disponía a marcharse cuando la señora Emilia salió de nuevo a la terraza.
          —¡Nico! —le gritó con mucha severidad— ¿A dónde crees que vas?
El muchacho se detuvo, se giró y miró a la mujer, nervioso.
          —Iba a la pista de tenis a recoger las raquetas y las pelotas que se dejaron ayer las chicas —respondió con cierta ansiedad.
          —¡No vas a ninguna parte! —declaró la mujer muy firme— ¡Entra en casa! Y ve al despacho a cumplir con tu castigo. Por lo visto, estás bastante despejado.
          —Pero, Emilia…
          —¡Nada de nada! —atajó la mujer, seria— Si no entras en casa de inmediato, llamo a Blas. Tú sabrás lo que te conviene.
Nicolás comprendió que no iba a poder convencer a Emilia de que lo dejara salir, y si la desobedecía, ésta no tardaría ni un segundo en llamar a su tutor. El chiquillo entró en casa maldiciendo su suerte y se dirigió al despacho, cerrando la puerta de un terrible portazo que bien pudo hacer temblar los cimientos de la villa. La señora Emilia suspiró, abatida, deseando que Blas regresara cuanto antes. En la cocina comenzó a preparar un batido de frutas para llevárselo al muchacho.
Natalia y Bibiana se quedaron en el exterior. Un gigantesco relámpago iluminó el cielo y parte de la montaña; le siguió un trueno ensordecedor.
          —Tenemos que ir a casa de Estela —murmuró Natalia con temor—. Debemos avisarla de que Blas va a obligar a hablar a Nico; Salvador debe irse ya.
Bibiana asintió con semblante preocupado. Ambas niñas se cogieron de la mano, y empezaron a recorrer la terraza para salir en dirección a la vivienda de su vecina. Caminaban despacio, no parecía que tuvieran prisa por llegar a su destino. Los relámpagos y los truenos comenzaron a sucederse sin tregua.
El señor Teodoro estuvo en lo cierto, encima de Luna se libraba una tormenta eléctrica y seca.
                                                                  ⍵⍵⍵
Emilia entró en el despacho portando, en una bandeja plateada, un gran vaso con batido de frutas variadas y una servilleta. Nicolás estaba escribiendo en un folio; iba por la frase treinta y tres. “No mentiré ni ocultaré nada a Blas”. Estaba aburrido de repetir la misma oración y la tenía que escribir dos mil veces. Y a continuación le esperaba un largo tema de ciencias naturales que trataba sobre la luz. Su futuro inmediato era tedioso.
          —Bébete esto —le dijo Emilia—. Te sentará bien.
El niño se negó con un movimiento rotundo de cabeza.
          —No quiero beber nada —manifestó, malhumorado.
La señora depositó la bandeja sobre un espacio vacío de la mesa.
          —Me parece que sé lo que te pasa —adivinó con ironía—. Yo creo que estás echando mucho de menos a Blas, y estás deseando que vuelva a casa. No te preocupes, eso lo arreglo yo enseguida.
Emilia sacó un teléfono de uno de los bolsillos de su delantal.
          —Sólo tengo que apretar el número uno, y Blas me contestará —comunicó al chaval.
          —¡Espera! —exclamó Nicolás, cediendo. No le interesaba que el señor Teodoro regresara pronto— Beberé lo que me has traído.
El muchacho cogió el vaso de la bandeja y bebió el riquísimo batido sin rechistar. Para finalizar, se limpió los labios con la servilleta.
          —Procura que el portazo que has dado antes, no se te escape nunca estando Blas por aquí —le recomendó la mujer.
El chiquillo asintió y retomó la escritura. La señora cogió la bandeja, el vaso, la servilleta usada, y se marchó. Casi no había terminado de cerrar la puerta cuando oyó un tremendo golpe. Volvió a abrir y asomó la cabeza, vio el libro de ciencias naturales en el suelo. Sin duda, Nicolás lo había estampado. La madre de Blas optó por no hacer ningún comentario, y abandonó el lugar.
          “Este crío es bastante más rebelde que la propia Nat”, pensó, preocupada. “Si mi hijo le consintiera lo que Elisa consiente a la niña, no puedo imaginarme lo que este mocoso organizaría”.
                                                                    ⍵⍵⍵
Natalia y Bibiana llegaron a su destino, a casa de Estela. Abrieron una puerta baja, de hierro, lacada en blanco. Pasaron a la terraza y vieron a Hércules en su caseta, junto al garaje. Estaba muy excitado. Ladraba y tiraba, con fuerza, de la cadena que le tenía sujeto por el cuello.
          —Debe estar nervioso por tanto trueno y tanto relámpago —supuso Bibiana.
Natalia recordó que Nicolás le había dicho que el perro le defendió cuando Salvador Márquez le estaba pegando. Quizás, también las ayudara a ellas si el individuo pretendía atacarlas. Su coche seguía aparcado en el camino, por tanto no se había ido. La niña decidió soltar al can. Lo hizo e intentó retenerlo asiéndolo por el collar, pero se le escapó de entre las manos. Hércules salió disparado a toda velocidad, subiendo las escaleras que conducían a la cocina, ubicada en la primera planta de la casa. Las niñas corrieron tras él, bregando por darle alcance. Eso no fue posible.
Cuando las muchachas llegaron a la primera planta, la puerta de la cocina se hallaba abierta de par en par. Natalia fue la primera en entrar, y se quedó paralizada viendo la escena del interior. En un rincón, junto al frigorífico, Gabriela estaba sentada en el suelo, apoyaba la cabeza contra la pared, tenía sangre en la cara. Con una mano, muy temblorosa, masajeaba su garganta. Tosía, y respiraba con dificultad. Estela se arrastraba, a duras penas, en dirección a su hija. En el centro de la estancia, Salvador Márquez, tirado en el suelo boca arriba, manoteaba y pataleaba violentamente. Un encolerizado Hércules tenía sus feroces fauces hincadas en el cuello del hombre. Paulatinamente, los movimientos del señor Márquez se tornaron más lentos, más pausados, hasta que se quedó quieto por completo.
Sin embargo, a pesar de no moverse y de no ejercer ningún tipo de resistencia, el perro no soltó a su presa.
Natalia y Bibiana estaban horrorizadas, clavadas en el suelo, petrificadas, sin saber qué hacer. Semejante espectáculo era terrorífico, dantesco, espeluznante…
                                                                      ⍵⍵⍵
Emilia Sales había vuelto al despacho y permanecía sentada en la silla de  su hijo, contemplando como un huraño jovencito escribía y escribía. Nicolás iba por la frase ciento cincuenta, y comenzaba a acusar cansancio. Rememoró las palabras de su tutor. “Te aseguro que te va a doler la mano”. Arrugó el ceño y su tez se ensombreció. La señora Sales tuvo que disimular una leve sonrisa tapándose la boca.
          “Como se parece a Blas”, pensó, ensimismada. “Tiene hasta sus mismos gestos”.
Al cabo de un rato, sonó el timbre del móvil que la mujer llevaba consigo. Era su hijo; Emilia puso la función de manos libres para que el niño pudiera oír a su tutor.
          —Dime, cariño —habló la señora Emilia.
          —¿Cómo está Nico? —preguntó Blas al instante.
          —Mucho mejor —respondió su madre—. Está escribiendo en el despacho.
Nicolás había soltado el bolígrafo, y escuchaba la conversación atentamente.
          —Mamá, si no se encuentra bien del todo no es necesario que lo haga —manifestó el joven—. Puede hacerlo otro día.
          —El niño se encuentra bien. Estate tranquilo —aseguró la mujer—. ¿Vas a tardar mucho?
          —Aquí aún queda faena para un rato —declaró el señor Teodoro, fatigado—. Pero no hay ningún herido. Lo que ocurre es que Francisco, en lugar de ayudar, está discutiendo con todo el mundo. Lo único que le interesa es saber, a ciencia cierta, cómo ha podido caer el muro. Sería mejor que regresara a su casa y nos dejara trabajar. ¿Oyes los truenos? ¡Hay unos relámpagos alucinantes!
          —¡Ya lo creo que los oigo! —exclamó Emilia— ¿Quieres hablar con Nico? Está conmigo.
          —Está bien, pásamelo. No lo he llamado a su móvil porque pensé que podía estar dormido.
La mujer le entregó el teléfono al chaval.
          —Dime, Blas —habló Nicolás con voz débil.
          —¿Cómo va la cosa? —indagó su tutor, empleando un tono muy diferente al que había utilizado con su madre. Su voz sonaba más áspera y más firme.
          —Me duele la mano —se quejó el niño—. Te has pasado con el castigo.
Transcurrieron unos segundos de silencio. El señor Teodoro estaba meditando.
          —¿Por qué frase vas? —preguntó.
          —Por la ciento cincuenta y tres.
          —¡Bien! Vamos a dejarlo en doscientas frases. Y haz los ejercicios del tema de naturales. No hace falta que copies el enunciado, pon la respuesta y ya está. ¿De acuerdo?
          —Sí, de acuerdo —aceptó Nicolás, encantado—. Gracias, Blas.
          —Iré a casa lo antes que pueda —manifestó el joven—, y más vale que mi madre no me diga que has hecho alguna gansada. ¿Está claro?
          —Sí —dijo Nicolás, más animado.
Su tutor cortó la comunicación, y el chiquillo devolvió el teléfono a Emilia. La sombra de su cara se había borrado. Blas le había reducido muchísimo el castigo y la mano le dolía bastante menos.
En cuestión de diez minutos había terminado con las frases y cogió el libro de ciencias naturales, preparado para hacer los ejercicios.
Ya no tenía que resumir el tema, aquello era pan comido.

Págs. 245-252




lunes, 26 de noviembre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 32





















CAPÍTULO 32

NERVIOS MATUTINOS


A
 Nicolás no le pareció ver al mismo hombre que, por la noche, le había acariciado el pelo y le había dado un beso. El hombre de ahora más bien parecía un orangután, preparado para atacarles en cualquier momento. La luz del despacho estaba encendida; la mañana había despertado ennegrecida.
          —¿Quién me va a contar lo que pasó realmente, cuando Nico se tiró por la pendiente con el monopatín?—indagó Blas, mirando las caras de sus oyentes— Quiero saber lo que pasó cuando Sandra fue a decirle a Nico que viniera a casa.
La aludida carraspeó y, tras aclararse la garganta, relató al joven lo acontecido aquella desafortunada tarde. Cuando terminó de hablar, el señor Teodoro estaba pensativo y enfurecido.
          —¡No entiendo nada! —gritó, colérico, dando un tremendo golpe sobre la mesa con su mano derecha cerrada. Nicolás sintió verdadero miedo, sabía muy bien que a él le esperaba la peor parte de aquel embrollo— ¿Por qué me contaste toda aquella sarta de mentiras? —le reclamó a Sandra, irritado.
La joven volvió a carraspear, inquieta.
          —Verás, Blas, los niños me convencieron de que no te dijera la verdad —intentó excusarse—. Pensaban que no les dejarías salir de casa si…
          —¡Eso es mentira! —la interrumpió Natalia, crispada e indignada— Fue idea tuya mentirle a Blas. Nosotros no te dijimos nada.
          —¡Claro que me lo dijisteis! —reiteró Sandra no queriendo quedar en tan mal lugar delante de su patrón.
          —¡Callaros! —ordenó el señor Teodoro levantándose de su silla, enfadadísimo. A todos les pareció ver a un gorila agresivo.—No puedo entenderte, Sandra —dijo, decepcionado—. Tú eres una chica adulta, ¿cómo es posible que te dejaras llevar por unos críos irresponsables? A partir de hoy, no sé si voy a poder confiar en ti. No me gusta que me mientan. ¿Sabes que el hombre que te atacó podría ser un violador? ¿Sabes que si me hubieses contado la verdad, yo hubiera podido encontrarlo? ¿Sabes el daño que le hizo a Nico?
Sandra no pudo con tanta presión y se echó a llorar, compungida. El señor Teodoro no se compadeció de ella; estaba demasiado exacerbado y contrariado.
Nicolás conocía la identidad del hombre que atacó a la chica y, que después, arrojó una piedra a su frente. Pero no podía decir nada, tenía que aguardar a que Salvador Márquez se marchara. Empezó a temer que cuando le contase toda la verdad a su tutor, este le propinase unos buenos azotes por permitir que el marido de Gabriela se fuera de la urbanización y saliera impune.
          —Id a desayunar —ordenó el señor Teodoro, enérgico—. Tú espera un momento, Nico. No tengas tanta prisa, contigo no he terminado —agregó con rudeza—. Para desgracia tuya, eres al único que puedo castigar y pienso hacerlo—declaró, destemplado.
Las niñas y Sandra salieron del despacho; Nicolás no se movió del sitio y se quedó a solas frente a su tutor. Les separaba el escritorio.
          —Anoche te perdoné dos mil frases —comenzó a decir el joven—, pero te las vuelvo a poner. Quiero que escribas: “No mentiré ni ocultaré nada a Blas”. Cuando termines las frases, resumirás este tema.   El señor Teodoro señaló una página de un libro de texto de ciencias naturales. —Quiero un buen resumen y todos los ejercicios bien hechos.
El niño asintió, muy conforme.
          —Ahora vamos a ir al baño y te curaré la espalda —siguió hablando Blas—. Luego desayunarás y, seguidamente, volveremos a mi despacho y me contarás qué ocurrió la otra tarde con Salvador Márquez. Dijiste que me lo dirías hoy, el día veintiséis.
El joven observaba al chaval y comprobó que sus últimas palabras lo habían inquietado bastante.
          —Te dije el día veintiséis, pero no te dije a qué hora —se aventuró a replicar el niño, muy nervioso.
El señor Teodoro no logró contenerse y reaccionó de inmediato, salvó la distancia que los separaba y estiró una oreja del chiquillo, con furia, haciendo que este se pusiera de puntillas. A continuación le dio un sonoro cachete. Los ojos de Nicolás brillaron. Había visto estrellas de todos los colores.
          —¡No creas que me vas a tomar el pelo! —exclamó su tutor, convertido en un energúmeno— Sé lo que te propones, no soy ningún mocoso a quien puedas engañar. Tú quieres esperar a que ese hombre se vaya para contármelo todo, ¿verdad? ¡Pues no va a ser así! En cuanto desayunes me lo vas a contar, por las buenas o por las malas. ¡Ahora, camina hacia el baño! 
El joven no sospechaba que se iba a enterar de todo muy pronto, pero tarde.
Una vez terminó de examinar la espalda de Nicolás, se dirigieron a la cocina. El chiquillo se sentó con semblante consternado; su tutor, por su parte, presentaba un semblante poco sociable y poco acogedor.
La señora Emilia puso delante del muchacho un cuenco con leche y cereales. Sandra se ausentó de la estancia tras ver la cara hosca del señor Teodoro; Patricia se fue con ella, dispuesta a ayudarla en sus quehaceres. Quería demostrar a Blas que era una buena trabajadora, y recuperar puntos a su favor después del mal rollo de la pasada noche.
          —Eres tonto —recriminó Emilia a Nicolás—. Ahora tú eres el que va a pagar todos los platos rotos. Los demás se van a ir de rositas. ¡No sé cuándo vas a aprender!
Blas la había puesto al corriente de lo sucedido, antes de que los chicos bajasen a su despacho. La señora Emilia ofreció un tazón de tila a su hijo, lo veía muy alterado. El señor Teodoro lo cogió y salió a la terraza a tomárselo, su madre y Elisa le acompañaron.
Las farolas continuaban encendidas debido a que la mañana permanecía completamente oscura. Casi parecía de noche; el cielo estaba cubierto de grandes nubarrones negros. Corría un ligera corriente helada que mecía levemente el boscaje.
          —Creo que vamos a tener una tormenta seca —pronosticó Blas, contemplando la negrura de las nubes.
Nicolás. Bibiana, y Natalia continuaban en la cocina, sentados alrededor de la mesa de cristal. El chiquillo desayunaba con desánimo; le costaba un gran esfuerzo tragar la leche con cereales.
          —Tenéis que enteraros de cuándo se va ese maldito Salvador —les dijo a las niñas, con premura—. Blas quiere que le cuente lo que sucedió la otra tarde en cuanto termine de desayunar. No sé qué puedo hacer. Me ha dicho que se lo voy a contar por las buenas o por las malas.
Natalia y Bibiana se miraron, intranquilas, pensando en la pistola del señor Márquez.
          —No se lo puedes contar hasta que ese hombre no se vaya —declaró Natalia con firmeza. Miró su reloj—. Son las diez y cuarto. No creo que tarde en marcharse si no se ha ido ya.
La niña recordó que Estela había dicho que irían al banco y le daría dinero. Entonces el hombre desaparecería. El banco debía abrir sobre las ocho y media. Tal vez ese individuo ya no se encontraba en la urbanización. Tendrían que ir a averiguarlo.
Nicolás era víctima de una gran ansiedad, y comenzó a encontrarse verdaderamente mal. Su tez había adquirido un tono amarillento, tuvo la sensación de que se estaba mareando y unas ganas incontrolables de vomitar se adueñaron de su persona. Se levantó y corrió al cuarto de baño, alzó la tapa del inodoro, se arrodilló en el suelo, sufrió varias arcadas y arrojó el poco desayuno que había ingerido.
Natalia pensó que el malestar de Nicolás le vendría de perlas para ganar tiempo. Blas nunca pegaría ni obligaría a hablar a su primo, si sabía que este se encontraba enfermo. Se asomó a la terraza y vio a los tres adultos conversando.
          —¡Emilia! —gritó, consiguiendo que todos la atendieran— ¡Nico está devolviendo!
Blas fue el primero en acudir a la cocina, dejó su tazón sobre el banco de mármol y pasó al cuarto de baño. El chiquillo seguía arrodillado, sentado sobre sus piernas, apoyaba los brazos en el borde del sanitario y escupía saliva. El señor Teodoro le sujetó la frente y la parte posterior de la cabeza. El muchacho proseguía escupiendo saliva. Blas presionó el botón de la cisterna y una gran cantidad de agua cristalina limpió la taza. Ayudó a levantarse al niño y lo guió al lavabo para que se limpiara la boca y se refrescara la cara.
          —¿Estás mejor? —le preguntó.
          —Sigo mareado —respondió Nicolás—, pero creo que ya lo he vomitado todo. Se secó el rostro con una suave y sedosa toalla de color rosa—. ¿Puedo salir a la terraza? —interrogó— Creo que necesito respirar el aire de la montaña, eso me ayudará a despejarme.
El señor Teodoro asintió y acompañó al niño al exterior. Nicolás se echó en una tumbona y agradeció la brisa fresca que acariciaba su semblante. Emilia salió con una manta nórdica y cubrió el cuerpo del jovencito.
          —Voy a prepararte una manzanilla —dijo la mujer—. Y no te destapes, Nico. Tumbado aquí fuera, te congelarás si no te tapas.
El chiquillo cerró los ojos, adormecido. Blas estaba más que desazonado, de este modo no iba a poder interrogar al muchacho. Anduvo hasta dar la vuelta a una esquina de la casa y fue a mirar el camino desde la puerta de hierro. Comprobó  que el coche rojo de Salvador Márquez continuaba aparcado. Tal vez Nicolás no tardara en espabilarse. Regresó al lugar donde el niño permanecía en reposo. Natalia y Bibiana se movían de un lado a otro, incapaces de mantenerse quietas.
          —Acabo de darle la manzanilla y ha vuelto a quedarse dormido —informó la señora Emilia a su hijo—. Por lo menos, no la ha vomitado. Elisa se ha ido a su habitación a terminar de arreglarla.
Blas observó a Nicolás, frustrado, por la imposibilidad de enterarse de una vez por todas de lo sucedido la tarde del día de Nochebuena.
Natalia y Bibiana esperaban que el crío tuviese la picardía de que, aunque se encontrara mejor, no lo demostrara.
Todos oyeron que alguien abría la puerta de la terraza y se acercaba con pasos presurosos. No podía ser otro que un sofocadísimo señor Francisco para no perder la costumbre. Blas llegó a pensar en la conveniencia de que el hombre se administrase algún calmante como lo hacía su esposa. ¡Siempre estaba con los nervios de punta! Y exaltaba a quien tuviera a su alrededor. El recién llegado miró a Nicolás con estupor.
          —¿Qué hace ese endemoniado durmiendo a la intemperie? —preguntó, desconfiado— ¡Ya me han contado mis hijos todas las barbaridades que hizo ayer amparado en nuestra ausencia! Recuerda que le tienes que comprar un bozal al chucho de Gabriela, Blas.
          —Nico se ha mareado —explicó el aludido con paciencia—. En casa hace demasiado calor, tendré que bajar la temperatura de la calefacción y no poner tanta leña en la chimenea.
          —¡Ten cuidado con ese chaval!—advirtió el señor Francisco, señalando a Nicolás—. ¡Un día de estos te va a dar un serio disgusto! ¡Te estoy avisando, Blas, lo veo venir!
La voz alta del hombre despertó a Nicolás que no se atrevió a mover ni un músculo. Era más ventajoso hacerse el dormido.
          —¿Quieres un humeante tazón de tila, Francisco? —preguntó la señora Emilia, asomándose por la ventana de la cocina, harta de los chillidos de su vecino.
El hombre pareció asombrarse.
          —¿Yo, tila? —balbuceó, perplejo— Muchas gracias, Emilia. Pero no es necesario. Estoy más que sereno. ¡Faltaría más! 
¡Blas! ¡Tenemos que ir a prestar ayuda al pueblo! —dijo, súbitamente, dando un giro completo a la conversación— Me he enterado por Julia, la panadera. ¡Ha ocurrido una desgracia

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viernes, 23 de noviembre de 2012

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 31

















CAPÍTULO 31

PATRICIA Y SANDRA ENFURECEN A BLAS


P
ara cenar había pollo horneado con tomates, chuletas de cordero recién asadas, muslitos de cangrejo, y patatas fritas de corte grueso. Emilia también había preparado una suculenta tortilla de patata con cebolla, que era el plato preferido de Nicolás. El chiquillo se sentó al lado de la mujer, en una de las cabeceras de la mesa; su tutor se encontraba en la otra cabecera. La tele estaba en marcha, con una película navideña en pantalla, pero nadie le prestaba gran atención. La señora Emilia y Elisa se habían sorprendido, tanto como Blas, cuando vieron el aspecto de Patricia. Sin embargo, ninguna de las dos efectuó comentario al respecto.
El teléfono sonó, fue Blas quien contestó. Era Julián, el hijo mayor del señor Francisco y de la señora Marina. Se le había olvidado contarle que Nicolás había tirado el bozal de Hércules al barranco. El señor Teodoro le dio las gracias por la información y le deseó buenas noches. Colgó el teléfono y volvió a sentarse. Miró a Nicolás, severamente.
          —Mañana le compraré un bozal nuevo a Hércules —comunicó al chaval—, lo pagaré con dinero de tus ahorros. ¿A quién se le ocurre tirar algo que no es suyo al barranco? ¡Sólo a ti! Y si el perro muerde a alguien, va a ser responsabilidad mía.
Nicolás continuó comiendo la tortilla de patata sin articular palabra.
          “Malditos Jaime y Julián”, pensó, furioso.
A Patricia le pareció llegado el momento oportuno para intervenir en contra del chiquillo.
          —Blas, no comprendo por qué permites que Nico te cause tantos problemas —comenzó a decir con malicia—. Deberías dejar de ser su tutor, y que sea su padre quien se ocupe de él.
El señor Teodoro observó a la niña mientras hablaba. Tras escucharla, miró a Nicolás y advirtió que las palabras de la muchacha le habían dolido. La señora Emilia estaba indignada. ¿Qué se creía aquella mocosa?
          —Por muchos problemas que me cause, nunca dejaré a Nico —afirmó Blas, mirando a Patricia, muy serio—. Ni permitiré que él me deje a mí. Sobre todas las cosas, yo quiero a Nico.
Nicolás se quedó perplejo ante la declaración de su tutor; Bibiana también se quedó perpleja. Blas parecía muy sincero, pero ella y Estela habían oído, perfectamente claro, que después de las vacaciones de Navidad, el chiquillo iba a estar con su verdadero padre. El señor Teodoro estaba mintiendo y mentía muy bien.
          —¡Vaya! Por fin te oigo decir algo muy bien dicho —felicitó Emilia a su hijo.
Patricia no volvió a hablar. En su interior sintió un gran coraje. El señor Teodoro comprendió que Nicolás no gozaba de la simpatía de la muchacha.
Transcurrida la cena, el joven tornó a curar la espalda del niño. Se contentó porque la mejoría era espectacular. Elisa le dio un analgésico a Natalia para aliviar el dolor de su mejilla. Más tarde, todos se reunieron para ver la tele. Patricia reanudó el ataque.
          —Nico, Blas te ha dicho antes que te fueras a la cama nada más terminar de cenar —le recordó con mala intención.
El señor Teodoro había olvidado aquella orden, y el niño también. El muchacho, con muy mala cara, se levantó del sofá y salió del salón rumbo a su habitación. ¡Patricia era repugnante!
Blas observó a la chiquilla, atentamente. No le gustó nada lo que acababa de suceder.
          —¿Por qué le tienes tanta manía a Nico? —le preguntó sin rodeos.
          —No le tengo manía —mintió la niña, mirando al joven con carita inocente—. No me gusta que te tome el pelo, eso es todo.
Natalia se revolvió en el sofá, irritadísima.
          —¡Eres lo peor de lo peor! —gritó, furiosa—. Antes le has llamado gilipollas e hijo de puta y le querías agredir con el tacón de tu zapato y, a Nico, no se le ha ocurrido ir a chivarse a Blas.
El semblante del señor Teodoro enrojeció bruscamente tras oír a Natalia. Miró a Patricia, muy enojado. De ninguna manera admitía ese tipo de vocabulario soez.
          —Si no fueses amiga de Nat y una invitada de Elisa, mañana mismo prepararías tu equipaje y te llevaría a tu casa  —declaró—. No vuelvas a insultar a Nico ni a intentar pegarle. Si él te hace algo o se mete contigo, me lo dices a mí. ¿Te queda bien claro?
La muchacha asintió, sumisa. El señor Teodoro se levantó y abandonó el salón. La señora Emilia se presentó en su habitación cuando el joven ya se había puesto el pijama.
          —Quiero que vayas al cuarto de Nico y le aligeres el castigo que le has determinado para mañana —le dijo con firmeza—. Y no me iré de aquí hasta que no lo hagas.
Blas sonrió, meneando la cabeza.
          —Nico tiene una abogada terrible —manifestó—. Está bien, lo haré —accedió.
El joven subió a la habitación de Nicolás. El niño estaba metido en la cama, pero aún no dormía. El muchacho se sorprendió e inquietó al ver a su tutor.
          —Voy a rebajar tu castigo de mañana —le comunicó el señor Teodoro, amigablemente—. Te perdono las dos mil frases. Me conformo con que resumas el tema y hagas los ejercicios.
El chiquillo no esperaba algo así y se sintió aliviado.
          —Gracias, Blas —murmuró, agradecido.
          —Dale las gracias a mi madre —respondió su tutor—. Buenas noches, Nico.
          —Buenas noches, Blas.
Más tarde, el señor Teodoro volvió a subir a la habitación de Nicolás; creyó que el niño estaba dormido pero se equivocó. El chiquillo permanecía despierto y reconoció el perfume inconfundible de la colonia que usaba su tutor. El jovencito, extrañado por la entrada a hurtadillas del hombre, fingió estar en posesión de Morfeo.
Blas acarició suavemente su cabello y, posteriormente, le dio un beso en la cabeza. Seguidamente, se marchó del mismo modo furtivo que había llegado.
El chiquillo sonrió, agradablemente sorprendido, y se sintió feliz. A su mente acudieron las palabras que Blas le había dicho aquella noche a Patricia. “Sobre todas las cosas, yo quiero a Nico”.
          “Yo también te quiero Blas”, pensó el muchacho. “Y me parece que no eres tan ogro como yo creía”. "¡No puede ser que hayas venido a darme un beso!" “Intentaré portarme mejor para que te sientas orgulloso de mí”.
Al cabo de un rato, Nicolás se quedó profundamente dormido, con una sonrisa dibujada en sus labios.

Por la mañana, Sandra llegó a las ocho treinta a villa de Luna. La señora Emilia se había levantado temprano y le abrió la puerta de la cocina.
          —Has venido muy pronto —comentó la madre de Blas—. ¿Has desayunado?
          —He madrugado porque he pensado que la casa estaría patas para arriba —contestó la joven—. Me vendrá bien un tazón de leche. Me parece que hoy tendremos un día nublado.
          —Bienvenido sea, un nuevo día al fin y al cabo. Nos hemos arreglado bien, no vas a encontrar la casa tan mal como crees.
Sandra estuvo hablando con la señora, mientras tomaba un tazón de reconfortante leche caliente acompañada de unos bollos. Al terminar, se dirigió hacia la habitación de Nicolás. Casualmente, Blas salió de su cuarto y oyó unos pasos que ascendían a la segunda planta. Sintió curiosidad y subió lentamente las escaleras. Vio cómo Sandra abrió, impetuosamente, la puerta de la habitación del chaval. Al señor Teodoro le disgustaron los modales de la chica; se quedó parado muy cerca, escuchando.
          —¡Levántate enseguida, Nico! —gritó Sandra, despertando al chiquillo de un buen susto.
La joven había encendido la luz, y Nicolás miró el despertador sin apenas abrir los ojos. Eran las nueve menos cuarto.
          —¿Estás loca? —preguntó, enfadado— ¿A qué viene tanta prisa? ¿Se está quemando la casa? Me puse la alarma a las nueve y cuarto. Por tu culpa he creído que me había dormido.
          —¡Te digo que te levantes ya! —insistió Sandra— Y no me repliques o le diré a Blas que me faltas al respeto. Tienes que hacer tu cama, ducharte, vestirte, y asear muy bien el cuarto de baño. También tienes que hacer la cama de Nat, sabes que ella nunca se la hace. Y tienes que bajar a desayunar.
          —Tengo tiempo de sobra —declaró el chiquillo, molesto.
          —¡Que te levantes ya, te digo! —le ordenó Sandra, implacable.
Nicolás se sentó en la cama; Blas continuaba escuchando, sintiendo que la sangre que recorría sus venas entraba en ebullición. Y todavía le faltaba por escuchar lo peor.
          —Pensaba que ibas a estar más amable conmigo después de que te salvé del tipo que te agarró el otro día—reprochó el muchacho, dolido—. Y encima, me gané una pedrada en la frente.
          —Eso es agua pasada y merecías de sobra el chichón —declaró Sandra, desagradecida— ¡Levántate ya! ¿Quieres que llame a Blas?
          —No es necesario. Estoy aquí —respondió el señor Teodoro, entrando en la habitación.
Su cara estaba descompuesta por la falta de serenidad que lo dominaba. Sandra y Nicolás lo miraron, asustados. Ambos se hicieron la misma pregunta. ¿Habría oído algo que no debiera oír?
          —Sandra, no vuelvas a subir a despertar a Nico —ordenó Blas, fríamente—. Él tiene un despertador. Si no está en la cocina a la hora del desayuno, seré yo quien suba a buscarlo. A partir de ahora, yo revisaré la habitación y el cuarto de baño del niño. Despierta a las niñas, y dile a Nat que si no hace su cama volverá a acostarse por el mismo agujero que se levanta. Su primo no le hará la cama nunca más.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sandra y el de Nicolás. Si el señor Teodoro había oído aquello, lo había oído todo.
          —Antes de desayunar os quiero, a ti y a las niñas, en mi despacho —siguió hablando el hombre con frialdad.
          —Como tú digas —susurró Sandra, saliendo de la alcoba.
El señor Teodoro y Nicolás se quedaron solos. El joven miró al niño, muy serio.
          —A ti te voy a enseñar a no mentirme ni a ocultarme nada —le dijo duramente.
El muchacho seguía sentado en la cama con la cabeza agachada. Estaba muy nervioso; era obvio que Blas lo había escuchado todo.
          —Ve inmediatamente al cuarto de baño —le ordenó con aspereza—. Dúchate, te vistes, y no hagas nada más. Te quiero en mi despacho ya.
El niño se levantó de la cama, y se calzó unas chinelas azules.
Tenía a su tutor frente a él y se quedó inmóvil porque no se atrevía a dar un paso. Temía que, allí, iban a haber más que palabras. Blas lo agarró por un brazo y lo empujó hacia el cuarto de baño, propinándole un cachete.
          —¡Tú tienes mucho miedo y muy poca vergüenza! —le gritó, hecho una furia.
Cuando Nicolás terminó de asearse salió del baño; su cama estaba hecha. El señor Teodoro ya se había ido. Se vistió con rapidez y salió al pasillo. La puerta de la habitación de las niñas permanecía abierta. Las muchachas y Sandra se encontraban dentro.
          —Tenemos que ir al despacho de Blas —dijo Nicolás, preocupado—. Nos ha oído discutir y…
          —¡Ya nos hemos enterado! —atajó Natalia, intranquila— Nos espera un buen rapapolvo. ¡Tú y Sandra calladitos estaríais doble guapos! 
El chiquillo observó que la cama de su prima lucía impecable. Los cinco bajaron las escaleras y entraron en el salón donde las lucecitas del árbol y del Belén danzaban, alegremente, anunciando en silencio que era Navidad. Se aproximaron al despacho, y Sandra llamó a la puerta.
          —Pasad —oyeron decir a Blas, secamente.   
El señor Teodoro había imaginado que todos bajarían al mismo tiempo y no había errado. También imaginó que Nicolás sería el último en entrar y estuvo acertado. El quinteto se ubicó de pie, delante de la mesa. Blas estaba sentado en su silla rotatoria, y los contempló con acritud.

Págs. 229-236




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